HISTORIAS PARALELAS


Prólogo


“Venía dormida, venía vacía

Zurich me hizo cosquillitas

Roma me volvió a llenar de vida

Se despertó el alma amigos

¿Están listos para volver a viajar conmigo?”


Le escribí a mis favoritos.


Cap. 1


Llegué, después de siete horas y un cambio de tren.

Llegué, me fijé cuál era la dirección del Airbnb, vi que tenía la opción de ir en Uber o en autobús. Misma cantidad de tiempo, recorrido diferente. Y casi que por inercia y entendiendo cuál era la mejor opción, me dirigí a la parada –como si supiese donde es, como si supiese a qué hora sale el siguiente, como si supiese habitar esta ciudad siendo en realidad mi primera vez–. Fui por la salida más larga y cercana a la vez, me acerqué al autobús, confirmé con el chofer en mi escaso italiano si estaba por salir, y ahí estaba yo, sintiendo que llegaba a casa, con mi carry on, mi mochila y un atardecer.


Me fue imposible pensar que no me es una sensación ajena, es una que incluso estoy experimentando en cada lugar al que llego este último mes. Quizás es que ya estuve acá, en una de esas tantas líneas de tiempo que uno tiene la opción de habitar. Quizás no se trata del lugar, sino de este viaje interno que emprendí y me prometí volver a mí.


Historias paralelas. Se me viene este juego de dos palabras en loop, mientras el autobús avanza por una calle desconocida y conocida a la vez. Miro por la ventanilla como quien reconoce cada esquina. Bocina por acá, basura por allá, un tumulto de gente y de repente una fuente inmensa que interrumpe mi mente. Mi primera vez en Roma estaba sucediendo mientras el sol hacía de las suyas en un caer, y yo estaba emocionada y sintiéndome en casa a la misma vez.


También me fue imposible pensar que horas antes había estado almorzando en las escaleras afuera de la estación de tren de Zurich. Y mientras paseaba a Benny, el perro que cuida todas las semanas mi amiga Camila, mi mente se iba a lo pulcra, perfecta y maravillosa que es esa ciudad. Ciudad que, claro está, también me hizo sentir como si estuviera en mi hogar. ¿Cómo es que en un mismo día puedo habitar ciudades tan distintas pero que me hacen sentir lo mismo a la vez? Porque visitar Zurich no había sido por primera vez, así que en este querer entender y ponerle razón a todo lo que pasa mi ser, esta excusa lógica que estaba pensando cinco minutos antes acababa de perder toda la validez. 


Historias paralelas. Vuelve este juego de dos palabras en loop a mi mente. Voy y vengo, entre lo que viví hace unos días y lo que estoy viviendo ahora. Porque el movimiento trae eso, un revuelo dentro.


Pienso en que quizás, si allá en el 2023 la pandemia no me hubiera quitado el plan de irme a vivir a Barcelona, solo quizás, luego de haber vivido ahí me hubiera mudado a Roma. Quizás de novia con quien era mi pareja en ese entonces, quizás sola. Quizás por eso me muevo como si ya la conociera, quizás por eso no se siente como mi primera vez.


Interrumpo esta teoría que, una y otra vez, intenta ponerle lógica por más ilógico que sea a un simple sentir, porque mi memoria decide ir en vuelo directo y sin escala a todas esas primeras veces que viví algo y que, tampoco se sintieron así.


Ahora no es una fuente lo que llama mi atención, es una cúpula que veo a los lejos con gaviotas volando a su alrededor. ¿Es que acaso esta ciudad tiene arte mires por donde mires? Sonrío. Pero no por algo que ví, sonrío por algo que sentí. Sentí como algo dentro mío hizo lugar, como si algo que estaba tenso se permitiera fluir y danzar. Sonrío de nuevo, porque no sé que es pero se siente bien. Estamos pasando un puente, es la parada que viene después. Me paro, toco el botón, se abren las puertas y agarro mis cosas para bajar el escalón.


Me había memorizado el camino para no tener que ver el celular, porque, milagrosamente, mi memoria hizo de las suyas y no tuve que volver al móvil para chequear y confirmar. Me bajé, caminé hacia la izquierda, crucé tres calles, doblé a la derecha, hice media cuadra, luego volví a doblar a la derecha, subí unos 30 escalones, doblé de nuevo a la izquierda y a media cuadra y de mano derecha estaba el punto final.


Le aviso a Flo que estoy abajo, y mientras espero que responda, miro la calle. Mentira, no la miro, la observo. Vuelvo a sentir esa sensación en el pecho, esa que se siente como hogar, como volver a habitar algo que estuvo siempre ahí, en su lugar. Sonrío, otra vez. Y pienso en lo loca que debo parecer si alguien me observa al pasar. Loca o feliz, una de dos. O las dos quizás, quién sabe. Porque justo en ese momento, en esa milésima de segundo, sentí que eran ambas las que se apoderaban de mi.


Historias paralelas. De eso se trata este viaje. De eso se trata este destino que me va a volver a hacer escribir. Porque venía dormida, venía vacía. “Zurich me hizo cosquillitas, me despertó con dulzura, paz y tranquilidad. Y acá estoy, viviendo mi llegada a Roma, mi vuelta sentirme viva. ¿Están listos, amigos míos, para volver a viajar conmigo?”


Enviar. A mis favoritos. A mis angelitos.


Cap. 2


Creo que hay dos tipos de personas a la hora de viajar: las que viven el lugar desde lo inesperado y las que viven el lugar desde lo planificado. Supe ser ambas, incluso en la misma ciudad. Pero, como pulga viajera que soy, también me permití conectar con personas que solo viajan de una manera u otra, como si solo existiera el color blanco o el negro. Las primeras, pueden entregarse a la experiencia sin saber incluso a donde van o por lo menos tener una lista de lugares por recorrer, pero sea cual sea, nunca hay tal plan. Las segundas, no solo se fijaron cuándo, cómo y qué sino también dónde, cuánto y por qué.


Y acá estabamos nosotras tres, una que viaja disfrazada de color blanco, otra que viaja disfrazada de negro, y yo, entregada a vestirme de una mezcla de ambos. 


Nos despertamos temprano pero no sé cómo se nos terminó haciendo tarde. Teníamos tickets para entrar al Coliseo a las 11 de la mañana. Nuestro plan era salir 45 minutos antes, porque queríamos desayunar algo rico previo a la aventura del día. Y así, como quien viaja en tres ritmos diferentes, no terminó sucediendo nada de eso. Y ahí estábamos, completamente transpiradas por correr hacía esa dirección, entrando 11.12 y con el estómago vacío y muchísima sed. Pero cuando uno está de viaje hay necesidades básicas que dejan de ser tan básicas, como alimentarse, ir al baño, estar cómodos, caminar tranquilos. El éxtasis de conocer un nuevo lugar se lleva todo puesto.


Terminamos nuestra vuelta y la panza empezó a sonar, así que claramente nuestra próxima parada, sin importar el horario, era desayunar. 


Y caminar.

Caminar.

Caminar.

Transpirar.

Y volver a caminar.

Y volver a transpirar.


No tengo idea cuantos kilómetros hicimos, pero cada tanto una vocecita dentro mío me decía “ya estuviste acá, acá y acá”. Y hoy, ya no se trata de entender cuántas veces antes o en qué vidas ya había pasado por esta ciudad. Hoy se trató de usar mi imaginación y crear cada posible realidad.


Porque quizás fue en este restaurante, en el que me senté con mi novio mientras charlábamos en dónde nos íbamos a casar. Porque quizás fue en esta esquina, en la que me encontré por primera vez con la visita de mamá y papá. Porque quizás fue en este museo, en el que expuse una obra o trabajé largo meses mientras estudiaba italiano y francés.


Mi mente se iba, lejos y con mucha ilusión, imaginando un escenario A, B y C.


Y poco a poco la ciudad se empezó a sentir más en el cuerpo, más en cada sentido, más en la sangre. De repente me sentí italiana, criada o nacida, que da igual. Pero me sentí propia del lugar, de habitarlo con total verdad.


Y poco a poco empecé a sonreirle a la nada más de lo habitual, porque dentro mio esta sensación de que algo se ablandaba, se hidrataba, se empezó a sentir más y más. 


“Que te estás despertando, Pauli” pensé, mientras caminaba sin rumbo en el atardecer. En Roma, mires por donde mires, todo es maravilloso. Todo combina con todo, todo se expresa en el todo. Mi cabeza se fue en cada textura, en la arquitectura, incluso en lo pequeños que somos en ese chichón de historia que sale de vez en cuando de la nada. Perdí a Vero, tampoco veía a Flo. Esto de ir a diferentes ritmos por momentos me hacía mucha ilusión, porque no siempre nos esperábamos, no siempre nos buscábamos, a veces simplemente nos permitíamos esos ratitos de soledad, tan necesarios para conversar desde la individualidad.


Y ahí estaba yo, teniendo una de estas tantas conversaciones conmigo misma. Un poco con el corazón roto, porque no niego ni afirmo que por momentos me hubiera gustado estar compartiendo esta ciudad con quien era mi “buen día” y mi “te amo para toda la vida”. Un poco con el corazón contento, porque no niego ni afirmo que la sincronía de ver 11.11 hace unos días y el sentirme un poquito más entera me indican que pasito a pasito, estamos mejor en esta vía.


Y se escucha, a lo lejos, una de mis canciones favoritas. 

Un violinista me estaba sorprendiendo con Una Mattina de Ludovico.


Lo busco entre la multitud, no lo veo. Cierro los ojos para escuchar de dónde viene su arte, como si activar solo ese sentido fue una brújula más precisa, lo encuentro. 


Acababa de empezar, y estaba justo detrás. Pero no por donde acaba de pasar, sino del otro lado, justo en el medio del puente. Doy la vuelta y empiezo a caminar casi que sin pensarlo hacia él. Aumento mi ritmo de caminata y de corazón. Su música no solo interrumpió la calma de mi paseo y la excusa de mi pensar, se llevó puesto todo a la vez y me regaló vivir el presente con mis cinco sentidos e incluso uno más –ese que tiene cada uno, ese que es especial– Cual niña chica que se está por encontrar con su mejor amiga, aceleré el paso, más y más. “Las chicas” pensé. Me estaba alejando de ellas sin avisar. Y frené, frené donde estaba, porque desde ahí ya era suficiente, desde ahí ya lo podía apreciar.


No siempre hace falta tener tan cerquita eso que nos hace bien, a veces solo nos basta con observar de lejos, verlo junto a todo el resto. Y ahí estaba, chiquitito, su música retumbaba entre tanta ruina que tenía alrededor. Ya quedaban las últimas migajas de luz, la gente se frenaba a su alrededor para contemplar, y yo, a lo lejos, observaba eso y aún más.


Hace poco, hablando con una persona que quiero mucho, debatíamos sobre qué es la felicidad. Y llegamos a la conclusión, de que la felicidad como tal, como emoción, como disparador, suele durar milésimas de segundos. Porque es ese momento perfecto, sincrónico y maravilloso, donde muchas cosas se alinean y nos hacen conectar nuestro alrededor y nuestro interior en su estado más puro. Es una sensación incluso difícil de describir, es una especie de voz que hace eco en todo lo que somos. Y no sólo estaba ahí, frente a semejante obra de arte, pensando en lo feliz que fuí, sino también en lo privilegiada que soy por permitirme vivir momentos así. Por salirme del plan si algo me llama mi atención y perseguir su sonido hasta que me atraviese el corazón. 


Se vuelve a sentir cercano, conocido, habitual.

Vuelvo a preguntarme ¿Y si ya estuve acá?


Cap. 3


Y ahí estábamos, de nuevo bajo el sol, con el abanico haciendo de las suyas y la botella de agua vaciándose rápidamente. La fila para entrar al Vaticano era inmensa, pero avanzaba rápido. Aunque, esto no lo puedo confirmar, honestamente ver el reloj cuando viajo es algo que intento ignorar. 


Entramos, y después de un ratito de observar su inmensidad y cada estatua que lo rodea simétricamente, una ventana se abrió a lo lejos. La gente empezó a acercarse en esa dirección y nosotras sin entender mucho que pasó. 


“Un mar de gente en movimiento, qué diminutos somos, qué será lo que buscamos” pensé. 


Miro a mi derecha y, en la poquísima sombra que había en todo el lugar, había unos cuántos fotógrafos y camarógrafos más preparados de lo habitual. No eran viajeros, no eran artistas, eran personas intentando registrar algo que parecía ser importante.


Vuelvo a mirar a la gente camino a esa ventanita que se abrió a lo lejos, y pienso: acá no vive el Papa? 


Hay personas que retienen datos históricos, otras banderas de países, otras datos extraños de un montón de cosas y otras, como yo, usamos ese lado del cerebro para crear, no para recordar. Así que claro está, que no es una pregunta que me pueda responder yo misma porque, hasta ese momento, creía no saber la respuesta.


Vero contesta que sí, y agrega: “Y si sale a hablar el Papa?

Miro mi celular, tenía un poco de lógica, domingo.

Porque ni eso se últimamente, ni en qué día vivo.


Y como si nos hubiera escuchado a lo lejos, sale para darnos una respuesta, para darnos el si. Desde esa ventanita diminuta se estira una tela y aparece él, con un libro que no se llega a distinguir si es la Biblia o vaya a saber Dios qué, y empieza un discurso en italiano.


La gente se emociona, algunos alzan banderas de diferentes lugares, diferentes grupos sociales. Miro a mi alrededor y entiendo que muchas de las personas que estaban ahí, fueron porque sí, por la ocasión, por verlo a él. Y ahí estábamos nosotras, sin un mínimo de intención, viviendo algo que para muchos es un hito en su vida casi que sin querer. Nos reímos, claro, porque cuantas posibilidades hay de no planear algo y que salga tan pero tan bien?


Lo escuché sin escuchar, porque el italiano es fácil de entender pero no era de mi interés prestarle atención. Me parecía mucho más maravilloso observar a la gente, guardarla en mi retina, empaparme de su fé y de su gratitud por estar ahí. 


El discurso terminó, no tengo idea cuánto duró porque ver el reloj no fue una opción. Y después de eso, entre el mar de gente, la marea cambió de dirección y se movió como si fuera solo una correntada hacia la Basílica di San Pietro. Si hacía calor, ahora aún más. Entre la energía que levantan las personas cuando están juntas y la transpiración, era una gran escena digna de evitar en una pandemia. Pero no estamos en una pandemia, por lo menos no de esas que no nos permiten conectar cuerpo con cuerpo, piel con piel.


Me dieron una túnica blanca para que me tapara los hombros y las piernas, la cual me hacía sentir que era SuperMan entrando a su Baticueva. Con grandes diferencias, claro, soy una simple mujer entrando a un lugar que se caracteriza por su inmensidad.


No sé en qué creo, no sé si me animo a etiquetarlo. Solo sé que, para mi, hay algo que nos rodea, como una fuerza mucho más extensa e incluso imposible de entender bajo nuestras limitaciones, que está ahí, viendo todo desde arriba, cuidándonos pero también enseñándonos. También creo que cada uno la interpreta diferente y, todo está bien. Pero por alguna extraña razón, siempre que entro a una iglesia me inunda una energía que no suelo sentir en otro lugar. No se si es la mente jugando con la religión, si es que efectivamente hay algo acá o si es mi sensibilidad permitiendose conectar.


Arte.

Inmensidad.

Gente.

Diminutos.

Tesoro.

Cuidado.

Presencia.

Memoria.


Y apareció de nuevo esta sensación, esta que me señala que no estoy conociendo un lugar, solo estoy volviéndome a encontrar.


¿Y si ya estuve acá?


Quizás si no hubiera empezado mi última relación, hubiera viajado sin rumbo durante mucho tiempo y Roma hubiera sido un destino que hice hace algunos otoños atrás. Quizás si hubiera decidido no terminar la facultad, Roma hubiera sido la excusa perfecta para comentar otra carrera u otro curso al azar. Quizás si hubiera estudiado Arquitectura en Uruguay, Roma hubiera sido una de las tantas ciudades que se hace en el viaje final. Quizás, quizás y más quizás.


Mientras caminaba en silencio, mientras observaba cada rinconcito, pensaba en ese mundo de posibilidades que hoy no están, por el solo hecho de haber elegido, un día, tal o cual cosa y ya.


Y de repente, entre esas miles de paredes y miles de personas, sentí paz. Porque entre todo el revuelo que llevo dentro estos últimos meses entendí que estoy donde estoy, por todas las decisiones que me permití tomar. Qué poder tiene elegir, ¿No? ¿Alguna vez fui consciente de eso? Creo que no. Que simplemente me permití fluir.


Ya estuve acá, claro que sí.

Porque esa sensación no me hablaba del lugar, me hablaba de volver a mi.


Cap. 4


Estoy en el aeropuerto rumbo a Madrid. Viajé a Roma sin pasaje de vuelta, porque no sabía luego a donde ir. Ahora se que esa confusión no se trataba solo de elegir un lugar, sino también de un sentir. 


Hace menos de una semana mi computadora tenía muchísimas ventanas abiertas, algo que no es normal para mi.


Sri Lanka, India, Bali, Portugal, Marruecos, Sudáfrica, Madrid, Barcelona, el norte de España o Chipre. Iba y venía entre cada destino, pero ninguno me hacía sentir que era por ahí. Viajar sin rumbo es algo que estoy aprendiendo a experimentar, y puede ser emocionante desde afuera pero, a este punto, ya me está empezando a cansar. Me encuentro en una gran paradoja constantemente. Por un lado, hay una parte de mi que valora profundamente la libertad, el movimiento y la posibilidad de descubrir. Por otro, hay una necesidad muy humana de pertenencia, de referencias estables, de sentir que existe un lugar al que volver y un rumbo que seguir.


“Soltar” me susurra mi corazón.

A la versión en movimiento. A la versión que busca hogar dentro. Ni una ni otra, quizás sea un intermedio.


Amar. Crecer. Duelar. Madurar. Alguna de las tantas materias que la vida me hizo cursar y que ya pude dejar atrás. ¿Cuál es la de este año? Soltar.


Tener un mundo de posibilidades sobre la mesa no siempre es fácil, porque eso implica elegir, y elegir implica soltar. Y acá ya no hablo solamente de qué lugar elegir para viajar, claro está. 


El vuelo se demora, estamos todos haciendo la cola. Estoy sola, con los auriculares puestos, escuchando una nueva playlist que descubrí y con la cuál me obsesioné. Observo a las personas que tengo a mi alrededor, mi hobby favorito puesto en acción. Pienso en la vez que conocí a David en el aeropuerto de Londres, o en la vez que conocí a Guadi en un avión rumbo a Buenos Aires. Pienso en todas las veces que habité lugares y me permití conectar con desconocidos –y quienes hoy, son parte de mis favoritos– y pienso en todas esas veces que estaba tan metida en mi mundo, que ni siquiera me permití observar a quien tenía al lado.


¿Es muy loco de mi parte pensar que, entre todas las hormiguitas que habitan el mundo, hay algunas que nos pasan por al lado y pasan desapercibidas pero cuánto cambiaría nuestra vida si no fueran simples desconocidas?


Vuelvo a observar a los que tengo alrededor. ¿A quién podría conocer? Todos acompañados, todos en grupo. Veo cerquita a un muchacho que parece estar en la misma que yo, con los auriculares, solo y en su mundo. Sonrío, porque intento imaginarme cuál es su mundo. ¿Surfeará? ¿Será artista? ¿Le gustará viajar? ¿Está triste? ¿Está en paz? ¿Será italiano, español o de qué nacionalidad?


La cola empieza a avanzar, y como en una especie de baile, empezamos a encontrarnos y desencontrarnos en un zigzag. Mirada va, mirada viene. 


Me subo al avión, 38A, ventanilla de la última fila a la derecha. A mi lado ya estaban sentadas dos personas, una mujer y su hija. Les pido permiso, les sonrío, me acomodo, prendo la computadora y empiezo a escribir. 


“Soltar” me susurra mi corazón. 

“¿Soltar qué?” le respondo casi que con desinterés.


Mientras escribo veo como la muchacha que tengo al lado observa mi pantalla, las palabras fluyen y parezco redactora profesional, pero soy una simple persona con mucho que expresar. Miro por la ventana, el avión se empieza a mover. Cierro la computadora por un rato y veo el despegue. Me despido de Roma y Madrid me dice hola.


Desocupar ese espacio, de eso se trata soltar.

Cuando hay viento y tanto abierto 

¿No es la correntada que se forma la que se lleva todo puesto?


De eso se trata elegir.

De eso se trata soltar.

De elegir cuál de todas las historias posibles que se ponen en juego, queremos vivir y habitar.


Dónde estar.

A quién amar.

Qué hacer.

Cuándo frenar.

Cómo empezar.


Que coraje que hay que tener para escucharse, animarse y saltar, pero que sepas que sea cuál sea el camino que elijas, todo está bien. 


Y acá estoy, en modo avión rumbo a Madrid.


Venía dormida, venía vacía

Zurich me hizo cosquillitas

Roma me volvió a llenar de vida

Se despertó el alma amigos

¿Están listos para volver a viajar conmigo?


P.


Baroque church facade with ornate columns, sculptures, and Latin inscription under a clear blue sky in Rome, Italy.
Black and white photo of motorcyclists and scooters riding down a classic European city street lined with historic buildings.
Interior view of the ancient Roman Colosseum showing weathered brick arches and tiers against a clear blue sky.
Ancient Roman ruins with a large stone arch and weathered brick walls against a clear blue sky.
Ancient Roman brick wall with arched doorway showing detailed masonry and weathered terracotta brickwork of historic ruins.
View through ancient Roman arch at the Colosseum overlooking the Arch of Constantine in Rome, Italy.
The ancient Roman Colosseum rises above green trees against a clear blue sky in Rome, Italy.
Ancient Roman triumphal arch with intricate stone carvings and reliefs against a clear blue sky in Rome, Italy.
Ancient Roman ruins with large brick arched walls and layered stonework under a clear sky.
Ancient Roman ruins with brick walls and columns under a clear blue sky, surrounded by green trees.
Panoramic view of Rome's historic skyline with ancient buildings, domes, and lush trees under a partly cloudy sky.
Ancient Roman ruins with stone walls, arches, and lush greenery under a bright blue sky in Rome, Italy.
Ancient Roman Forum ruins with arched stone structures, a domed church, and lush greenery under a bright blue sky.
Ancient Roman ruins with marble fragments and decorative relief wall under a bright blue sky.
Ancient Roman Forum ruins with scattered marble columns and stone debris under a bright summer sky in Rome, Italy.