carta de un alma sensible a otra:


Allá por 1996, dos personas que se amaban y se permitían vivir una película de amor decidieron formar una familia.


Empezó la búsqueda.

Ella quedó embarazada.

Ese bebé era una nena.

Y esa nena era yo.


Desde la panza pudo sentir lo que era el amor y, según mi mamá, la manera que el bebé tenía de decirle “yo también te quiero” era sacudiéndole la panza con un ataque de hipo a todo pulmón.


El médico anunció que mi llegada iba a ser a fines de marzo. Pero la vida jugó un retruco y, una vez más, dijo: acá se hace lo que mando yo.


Él tuvo un accidente y, a las pocas horas, murió.

Ella transformó el amor en dolor.

Y ese bebé quiso salir a abrazar con amor.


Esa película que aparentaba tener un final feliz pareció cambiar de dirección. El director tomó una decisión, o tal vez anunció tímidamente que vendría una segunda edición.


Fue duro, claro. Pero todos juntaron fuerzas y transformaron poco a poco el dolor en amor, por esa bebé, por esa nena que era yo.


Ella viajó con su bebé. Era el mundo y eran ellas dos.

Ella se volvió a enamorar.

Este nuevo personaje las amó con pasión.

Y de la playa a la montaña se fueron, en búsqueda de esa segunda temporada, de ese capítulo dos.


Ese bebé creció.

Formó corazas miles, porque nunca pudo gestionar ese dolor. Cargó el suyo, el de su madre, el de su familia. Pero sin culpa ni victimización, sentía que tenía la fuerza suficiente para sostener el mundo con tal de devolverles un poquito de amor. ¿Existía una niña con tanta fuerza? Claro, hay miles, y una era yo.


La vida —o el angelito que la acompañaba— siempre se encargó de regalarle una gran vida, rodeada de cariño, abundancia y conexión. Viajó, disfrutó, bailó, patinó, lloró por amor, pero también rió.

Así creció y creció.


Siempre se aferró al arte y a todo lo que se pueda expresar con el cuerpo porque sin saberlo aún, su adentro necesitaba sanar.


Y un día, mientras transitaba ese momento que viven todos los jóvenes —ese que parece de vida o muerte, cuando hay que decidir a qué dedicarse—, se cruzó con una cámara como respuesta a la ecuación.


El registro siempre estuvo en ella. Desde chica sintió la necesidad de congelar el tiempo un ratito —aunque ahora todas sabemos que en realidad era esa búsqueda de guardar todo un poco más, por las dudas, por si se iba, por si ya no está mas—.


Viajes.

Personas.

Historias.

Un registro que iba más allá de ella, uno que se contagiaba de generación en generación.


Sin tomar una decisión aún, y casi por casualidad, a los 18 años tuvo su primera boda.


Estaba nerviosa, quizás porque era la primera vez, o quizás porque su alma sabía que se venía el inicio de una revolución.


La novia ingresó sola al lugar.

El novio la esperaba en el altar.

Todo era nuevo, estímulo tras estímulo.

La novia avanzaba, el corazón de esa fotógrafa estallaba, la cámara no paraba de disparar.

Pero la novia se desvió. En vez de ir hacia el novio, fue hacia su papá.

Un hombre en silla de ruedas, sin poder comunicarse. Aun así, la emoción lo ganó y se levantó temblando, gritando el orgullo por su hija que sentía con su cuerpo. Entre llantos y ruidos, ese papá y esa hija se abrazaron. Y la fotógrafa siendo testigo de eso, se quebró.


Cuánto lloré. ¿Qué me pasa? Pensaba mientras seguía registrando ese momento. Y sí, ahora puedo hablar en primera persona, porque fue ese el momento en el que desperté. Sentí un cosquilleo en la panza, una señal del universo y de mi ángelito que me decía: es por acá, Pauli, este es tu don.


Ese día volví a casa y me prometí empezar un acto de revolución: registrar amor. Por mí, por los otros, por los que vendrán. Porque ese día no solo hubo una electricidad que recorrió mi cuerpo: también la primera capa del cascarón se rompió.


La fotografía se convirtió en algo más que un arte o una profesión. Era una forma de ver, de sentir, de vivir, de expresar, de gritar, de refugio y, sobre todo, de sanar.


Y el tiempo siguió pasando, porque si algo hace es deslizarse rápido por la vida de las personas. Esta adulta no solo empezó su camino profesional, sino también su gran despertar.


Fui cuestionada por ponerle tanto corazón a lo que hacía, sin que nadie supiera que ese amor lo que hacia era transformar un enojo en perdón.


Fui cuestionada por priorizar el trabajo y los sueños siendo tan chica, sin que nadie supiera que eso era lo que me mantenía viva.


Fui cuestionada por tener una vida nómade, sin que nadie supiera que viajar era mi excusa para volver y abrazar el mundo con más ilusión.


Pero también fui bendecida —y mucho— por la vida, o por mi ángel guardián. Porque me cruzó con personas hermosísimas que hoy forman parte de una red enorme que me sostiene. Mis favoritos. Esos que siempre fueron los primeros en apoyarme, en sostenerme, en ser luz. Porque sí, la vida se llevó a mi tesoro, mi papá, pero me regaló un montón de soldados con los que batallar.


Y todo esto, gracias a ser fiel a quien soy.

A defender con uñas y garras mi sensibilidad.

Mi historia.

Y lo que significa registrar para mí.


Pero también gracias a abrazar mi sombra, mi enojo y ese dolor con el que genuinamente cargaba sin ser consiente de ese valijón.


Gracias a la fotografía hay pedacitos de mí que se rompen y otros que vuelven a tomar color.


Gracias a la fotografía puedo ser testigo —con cada sentido, pero sobre todo con el corazón— de tantísimo amor. Un amor que incluso en mis momentos más oscuros me permitió salir un ratito de esa profundidad y volar a una realidad presente, una llena de ilusión.


Gracias a la fotografía puedo seguir rompiendo cada capa del cascarón. Y qué liviano se vive cuando una se saca peso y se permite ser quien realmente es.


Cuando me propuse tener mis primeras bodas a destino, lo logré.

Cuando me propuse vivir solo de las bodas, lo logré.

Cuando me propuse cualquier meta de las que muchas de acá fueron testigo, las logré. 


Porque esa bebe, esa niña y esa adulta algo que si sabían hacer, era aferrarse a la fotografía como si fuera su sostén. Y no era ambicion, no era exigencia, eran tres versiones de una misma persona en una búsqueda muy profunda: su propio significado de la vida y el amor.


Y hoy, diez años después, estoy acá, escribiéndole una carta a quien resuene con esta sensibilidad. Porque, en definitiva, somos la construcción de un montón de cosas: algunas están a nuestro control y otras no. Pero lo importante es qué hacemos con eso y con qué fuerza lo defendemos.


La fotografía para mí nunca fue solo un trabajo: fue la forma más pura que encontré de habitar la vida. Me recordó que la sensibilidad no es fragilidad, sino un superpoder capaz de transformar todo lo que toca.


Porque cuando uno se anima a hacer lo que ama con convicción, con seguridad y con amor, deja de sobrevivir y empieza a vivir. Deja de cargar y empieza a volar.


La fotografía me enseñó que el trabajo no tiene por qué sentirse como trabajo: puede ser una forma de sanar, de expandirse, de conectar con lo más real de los demás y de una misma.


¿A veces me corro un poquito del camino y lo dejo de disfrutar? Claro que sí, soy humana, como vos. Pero como cuando uno va siguiendo la ruta que Google Maps sugiere y se equivoca de camino, la voz que te guía simplemente te sugiere un nuevo camino para llegar a la última dirección. Así también son los procesos, así como me desvío vuelvo a este disfrute con muchísima ilusión.


Y a medida que el cascarón se rompe, las prioridades cambian. Y esa bebé, niña y adulta que se comieron el mundo juntas ahora deciden saborearlo, disfrutarlo, compartirlo con sus favoritos. Porque todo lo que la fotografía viene a mostrarme a través de historias —a mi tiempo— lo logro comprender y asimilar. 


Hoy puedo decir después de todo este camino, que la sensibilidad es la brújula que siempre nos devuelve al centro. Escucharla es el verdadero acto de libertad. Saber cuando avanzar, saber cuando frenar y simplemente observar.


Hoy habito la pausa. Me miro, miro mi camino y entiendo que todo lo que pasó desde 1996 fue parte de un mismo hilo invisible que me trajo hasta acá.

Lloro, sí. Lloro de orgullo, de amor y de gratitud. No por lo que logré, sino por lo que aprendí a sentir. Porque crecer no siempre es avanzar: a veces es simplemente quedarse quieta y reconocer que el alma también tiene su propio paso.


Hoy agradezco a mi brújula, esa sensibilidad que me acompañó desde siempre, incluso cuando no la entendía.

Agradezco haber aprendido a escucharla, a dejar que me guíe, aunque no siempre sepa hacia dónde voy. Porque ahora sé que no necesito saberlo. Me basta con confiar.


Confío en que este camino —con sus desvíos, sus luces y sus sombras— es exactamente el que tenía que transitar.

Confío en que la sensibilidad no solo me muestra el mundo, sino que me permite habitarlo con verdad.


¿Qué aprendí?


No hay error cuando se avanza con amor,

la vida se encarga de ordenar lo que el alma elige,

ser sensible no es una debilidad, sino el regalo más grande que se puede heredar.

A brown and white dog wearing a festive Christmas sweater poses against a white background.