El lenguaje del contacto.



A veces pensamos que tocar a alguien es un simple gesto, pero para el cuerpo no es algo menor. Una mano que busca tímidamente encontrarse con otra, un abrazo que dura unos segundos más de lo habitual, un simple beso que sucede con sonrisa de por medio.



La piel está llena de pequeños sensores que se despiertan cuando alguien nos toca. Y cuando eso sucede, en ese mismísimo instante, mandan señales al cerebro como si anunciaran que algo importante está pasando. Y claro, el cuerpo responde. ¿Cómo? Se liberan hormonas que nos hacen sentir bien.



La primera en salir corriendo por el cuerpo es la oxitocina, que aparece para recordarnos que estamos acompañados, que ese contacto es seguro. Después le juega carrera la dopamina, que suma una pequeña chispa de placer. Y casi sin darnos cuenta, el estrés, que estaba esperando en la línea de largada para empezar la carrera, rápidamente se da cuenta de que esta vez no es su turno y empieza a retroceder.



A veces también cambia el ritmo del cuerpo. La respiración se vuelve más lenta, el corazón se calma, los músculos se aflojan un poco, como si el organismo entendiera que puede descansar por un momento.



Pero lo más curioso es que el contacto nunca es solo físico. El mismo gesto puede sentirse completamente distinto dependiendo de quién venga. Porque el cuerpo no solo registra el toque, también reconoce la historia, la confianza, el afecto.



Por eso, cuando dos personas se tocan, pasa algo más además del contacto. Hay un pequeño diálogo invisible entre dos cuerpos, uno que no necesita palabras para decir: che, estoy acá. No solo se siente, se ve desde afuera.

Y cuando eso pasa, casi como en una sincronía, los cuerpos empiezan a irradiar un mismo color. Como si el contacto fuera el pincel y cada cuerpo un color distinto. Y al tocarse, empezara a formarse una paleta nueva.



Así fue ser testigo de la historia de Cata, Bauti, Román y Beltrán.



Dos personas que hicieron uso de esta habilidad del cuerpo para entender rápidamente que había algo mucho más fuerte que solo amor. Porque a veces mi trabajo me pone frente a historias que me enseñan que el tiempo no es parámetro de nada cuando uno escucha el corazón.



Y después llegaron Beltrán y Román, dos colores nuevos. Y el lienzo empezó a llenarse con cada combinación, formando no solo colores nuevos sino también una variante hermosa de admirar, de observar, de acompañar.



Y así fue como un día de febrero, en el patio de la casa de la mamá de Cata, entre tanta gente y tanto motivo de celebración, estos cuerpos se buscaban, se encontraban, se chocaban y esta revolución interna se hacía visible desde cada rincón. Y crean o no, ese magnetismo se contagiaba a cada cuerpo presente.



Cuando dos personas se encuentran de verdad, el resto del mundo simplemente aprende a hacerles lugar.




Relato de la boda de Cata, Bauti, Beltrán y Román, febrero 2026.


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