CUANDO el miedo aprende a flotar


Itamambuca, hola de nuevo.


“Ita” piedra “Mambuca” porosa.


En febrero de hace dos años te visité en la misma fecha y con la misma excusa: pasar mi cumple en tu mar surfeando. 


“Un lugar que atrae por su energía pero también por su mar. A quienes tenemos el corazón roto, a quienes tenemos que abrazarnos fuerte y duelar, a quienes buscamos sanar dentro del mar.


Pero no es cualquier mar, es uno que te va enamorando cada día. Uno que te va atravesando sutilmente, uno que te viene a mostrar el aprendizaje que tenes que vivir.

Te golpea energéticamente, sintiendo abrazo, sensibilidad y muchísima gratitud.

Te muestra no solo una forma de vivir, si no también un camino al cual ir.


Te regala paz, pero una verdadera paz. De esas que no son momentáneas, esas que vienen para quedarse, porque te permiten ver(te) valorar(te) y tener(te) amor. Amor en todas sus formas.


Construir(nos).

De eso se trata.

Poder flotar, poder espejarse junto al mar, poder golpearse, poder frustrarse, poder celebrarse, poder llorar y también reir, poder ser.


Y sobre todo, poder entender

Que dentro del mar

Es imposible aparentar

Ahí está nuestro yo real.


Es un hasta pronto, porque vos y tu gente, son hogar. Y al hogar, siempre se vuelve”

Hay promesas que quedan flotando en el éter de mi memoria, o quedan guardadas en lo más profundo de mi corazón. Hay promesas que requieren de mucho esfuerzo para cumplirse, y otras que saben perfectamente cuándo y cómo van a suceder sin tanto plan.


Vos fuiste una, porque como bien escribió la Pauli de hace dos años: vos y tu gente son hogar, y al hogar siempre se vuelve. Asi que acá estoy, sabía que prontito nos íbamos a volver a encontrar.


Ayer me peregriné en tu mar después de varios meses de no flotar en cualquier otro mar. 


Vivir cerca de la playa es una promesa que también me hice, pero es de esas que no tienen tiempo ni forma: confío en que van a llegar cuando tengan que llegar.

Agarré la tablita, practiqué en la arena y rumbo al agua.


Tu agua es calentita pero fresca a la vez. Te abraza y te limpia. Te regala amor pero también claridad.


Desde afuera las olas parecían más chiquitas, pero toda persona que surfea sabe que las apariencias muchas veces engañan, y que solo estando dentro uno siente lo real.

Lo real de nuestro sentir. Lo real de nuestro pensar.


Porque quizás eso para mi significaba un desafío a atravesar, pero para otro significaba meterse con total seguridad.


“Respira Pauli” me gritaba el Pola. De repente me olvidé que el miedo se siente por dentro pero también se puede oler por fuera.


Meterse al mar a surfear es un acto profundamente personal. Es entrar con el cuerpo, pero también con los miedos, las dudas, eso que te tiembla y te brilla por dentro a la vez. 


Al haber surfeado en diferentes mares entendí que el agua impone, el oleaje confronta y uno siente cómo el corazón late más y más fuerte esos primeros minutos que uno se entiende con él. Porque no todos los mares son iguales, cada uno tiene su propio ritmo, su propia nota, su propio resonar.


“Pauli, mirame, respira conmigo”


La tabla estaba lejos de mí, me había caído intentando filtrar una ola. No se si fue un mal o buen timing, solo se que nos metimos justo en una serie de olas que parecía no frenar más –en mi cabeza, claro está–. Cerraba los ojos y aguantaba la respiración cada vez que venía una de ellas, y sentía como al pasar rompían y se llevaban la tabla mas y mas. Se volvió una lucha entre mis piernas y mis brazos: la tabla me empujaba hacia atrás, y mis brazos querían nadar hacia delante. La vida misma.

Me empecé a desesperar. Lo primero que te dicen es que no hagas en situaciones así. 


“Pauli, no va a pasar nada, respira profundo, confiá en tu respiración”


Dale Pauli, hacele caso que por algo es profe. Va. Respiro profundo, así como si tuviera un ataque de ansiedad. Las olas seguían viniendo. Mi cuerpo seguía subiendo y bajando. Mi respiración seguía conteniendose. Y de repente, fui una con el ritmo del mar. Me tranquilicé y empecé a nadar al fondo del mar. “Que la tabla me siga, ya la voy a poder agarrar”


Hay una parte que los surfistas suelen llamarle back, que es esa zona en la que las olas aún no nacen ni rompen. Es ahí, donde la mayoría apuntamos a ir, para poder descansar y analizar el mar. Llegamos. Llegué nadando, agarré mi tabla y me puse a flotar.


“Ahora vas a relajarte y a respirar, tenes que perderle el miedo al mar” Me dijo Pola. Como si estuviera leyendo mis pensamientos constantemente. Le sonrío, como diciendo “Si, tenes razón. Ya encontraste la materia que vamos a cursar hoy”.

No se cuanto tiempo estuvimos intentando transformar la ansiedad en paz, porque uno cuando se mete al mar pierde bastante la noción del tiempo. Solo sé que fue lo suficiente para poder bajar, para poder valorar el paraíso que me rodeaba y que soy una con el mar.


Cuando uno está dando sus primeros pasos en el surf, surfear en diferentes mares puede ser bueno y malo a la vez. Cada profe tiene su técnica, sus reglas, sus tablas y también sus formas. Mi desafío era volver a adaptarme a todos los términos y condiciones de este lugar. Hice las paces internamente con eso, leí cada uno de los ítems que tenía por cumplir, puse mi firma, mi aclaración, mi número de alma y a agarrar mi primera olita, mi first dance.


No salió, a veces pasa. A veces es la posición, a veces es que esa ola no tenía que ser, a veces es el miedo, a veces pueden ser tantas cosas y ninguna a la vez.

“Esa ola quedó atrás, olvidate y concentrate en la que viene ahora Pauli”.


No salió, otra vez. Pero no me frustré. Si hay algo que también aprendí en estos tres años, es que este deporte te enseña que los tiempos muchas veces no son los que uno quiere: y hay que confiar en eso.


“Dale, la tercera es la vencida. Vos podes”

Voy. Esa ola si salió. Salió con grito, con emoción, con llanto, con adrenalina. Agarrar una primer olita después de tanto tiempo lejos del mar es la verdadera vitamina que muchas veces necesita el alma para sanar. 


Consu agarró la misma olita, estaba a mi lado, de la emoción no me pude girar a verla pero sentía sus gritos al lado mio celebrando por mi. Éramos dos almas bailando en el mismo mar.


“Listo, me desbloqueé, acá voy” Pensé. 


“Te dije Pauli que podías, ahora volve que se vienen mas” Me grita Pola. Si, escucha mis pensamientos.


En el mar cada minuto flotando, respirando, esperando.. algo se afloja. El miedo se vuelve escucha y cuando aparece solo queda darle lugar para que solo pase y se vaya. El cuerpo recuerda que tiene un ritmo natural y deja atrás el ritmo impuesto. Lo emocional se acomoda con la cadencia del mar.


Porque siempre, el océano, nos enseña a estar.


Muchas veces viajé para cursar el mar como material escolar. Hoy mi materia fue el miedo. Lo supe desde el momento que mi cuerpo tocó el agua.


No la aprobé aún, recién tuve mis primeras lecciones y me faltan dos parciales y el examen final. Pero voy camino a ello. Este viaje, este mar, hoy se encuentran dos años después para preparar este final. 


Quizás el mar siga siendo el mismo, pero yo no. Yo llegué distinta, con cicatrices suaves y menos durezas, con un corazón que ya no se esconde cuando tiembla. Y aun así, él me recibe igual: sin preguntas, sin exigencias, con esa forma suya de decir “está bien, vení como estés. Vamos a aprender algo nuevo otra vez”. 


Por eso volver a este lugar nunca se siente como repetir, se siente como reconocer. 

Hay mares que no se conquistan, simplemente se habitan.



Y hay promesas que no se cumplen, se viven.