CURSANDO EL MAR COMO MATERIA ESCOLAR.



Se siente un viento fresco. Este diciembre está siendo más fresco que otros. Como si el verano esté jugándonos a la escondida y su escondite sea más bueno de lo habitual. 


Por culpa de eso decidimos ir a otra playita. Una de esas que quizás no está tan rodeada de médanos o de vegetación, pero si de niños y de seguridad. Siempre tomé a los niños como termómetro para todo: porque si están, es justamente porque es un mar sin viento, chato y sin tanta profundidad. 


Cual señoras en una vereda nos pusimos en dirección al agua y con mamá empezamos a observar. Mamá es psicóloga, observar es más fuerte que ella. Y yo fotógrafa, hace falta aclarar? 


Los padres se fueron a caminar y dejaron a los nenes solos” me dice mamá. Miro a la dirección donde apuntaba su mirada chinita por el sol. Veo que los nenes no son tan nenes, y que el agua —casi que sin olas— les llegaba por la cintura. “Mamá, son lo suficientemente grandes y el agua lo suficientemente tranquila, no te parece?” 


Terminé de responder y automáticamente mi archivero de recuerdos decidió sacar uno. 


Habré tenido 6 o 7 años, estábamos en el mismo mar pero en una de esas playas rodeadas de médanos y vegetación, esas que te dicen “zona sin guardavidas” como diciéndote “hacete cargo vos solito de lo que vas a vivir acá”. Nos metimos al agua los tres: mamá, papá y yo. 


Éramos los únicos en toda la playa, eso le sumaba un sobrecito de adrenalina a la situación. Era un día de esos con muchísimo viento y el agua estaba helada y marrón. Pero ya de años de vivir en el sur de Argentina y de los chapuzones en el lago Gutiérrez, cualquier mar nos parecía tibio. Me acuerdo de sentir miedo pero escuchar las risas y los alientos de ellos. Cada ola que atravesábamos me despegaba los pies de la arena, segundo sobrecito de adrenalina. Eran tan inmensas para mí, que solo volviendo a ese recuerdo puedo volver a sentir esa sensación en el pecho. Casi como en un juego decidíamos pasar algunas olas por abajo, y era un tercer sobrecito de adrenalina, porque teníamos que abrir los ojos y respirar antes de que venga la siguiente. Y así por horas. 


O así lo recuerda mi archivero de recuerdos. 

Que las olas eran inmensas. 

Que el tiempo era eterno. 


No me parece dejarlos solos, nunca se sabe qué puede pasar” contesta mamá. Me olvidé de lo que hablábamos, me costó unos segundos volver a retomar lo que dejé. Asentí con la cabeza, como si estuviera de acuerdo con lo que decía y en realidad no era así. 


Y ahí entendí, que quizás mi recuerdo es más inmenso de lo que fue. 


Pero prefiero que quede así, como una tarde en la que nos aventuramos al mar, en búsqueda de sobrecitos de adrenalina para alimentar el alma. Porque ese recuerdo muchas veces fue el motor que necesité para animarme a entrar a cualquier mar. Y no me refiero solo al mar, me refiero a la vida y a sus mil cambios de mareas. A situaciones. A personas. A decisiones. A desafíos. A peleas. 


Para mí siempre va a ser eso: mamá, papá y yo, agarrados de la mano, jugando a saltar y atravesar las olas inmensas del mar, como lección de vida, como materia escolar.